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Mi vida ha sido un transito brusco de la niñez a la vejez, sin términos medios. No tuve tiempo de ser niño. Hay una pelota nuevita guardada en algún rincón de mis recuerdos. Lo mas lógico ha de ser que yo sea un verdadero niño cuando me llegue la vejez. Para ella, por cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta nueve años, pues si no llego a los cincuenta me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro. Hablar de mi niñez, si vamos a llamarla así, es muy fregado. Quisiera olvidar ese periodo, pero es imposible. No tengo nada grato que recordar y los hombres que recuerda con tristeza su infancia—no porque se les haya ido sino que han sufrido mucho en ella—nunca más podrán ser felices. ¿Dónde andará, por que caminos se extravió el niño que fui? Si es cierto eso de que en cada hombre hay un niño, el que habita en mi debe ser muy triste. Vivíamos en un departamento de la calle Constitución. Mi madre atendía un pensión famosa por sus caldos de cabeza de cordero. Como no había empleada que la aguantara, mi hermana y yo la ayudábamos. Dormíamos en una sola cama: las dos mujeres en la cabecera y en los pies. Apenas comenzaba a clarear y el caserío de Ch’allapampa emergía de entre las brumas, mi madre estiraba un pie con violencia y yo abría los ojos en el suelo. Mi hermana era la mas perjudicada por ese sentimiento maternal, pues, como estaba a mano, despertaba de un pellizco. La pobre también ha de esconder un niña triste que tiene en el fondo. Si, como dice el refrán, ‘quien te quiere te hará llorar’, mi madre exageraba en sus demostraciones de cariño. ...
Tras ser velado en la Casa de la Cultura Franz Tamayo, desde el pasado jueves 25 de mayo de 2006, en un nicho del Cementerio General de La Paz descansan los restos de Víctor Hugo Viscarra Rodríguez. Se cumplió el destino más pronto que tarde, considerando que nuestra esperanza de vida daba para más larga data; él se adelantó con sólo 48 años de edad, aunque no extrañó a muchos esta partida si se tiene en cuenta la accidentada y riesgosa vida que el autor paceño llevaba, siempre rodeado de alcohólicos, marginales, los considerados miserables, a quienes, sin embargo, con su vocación literaria supo extraerles riquezas como su lenguaje y sus historias. Su producción literaria es cercana en enfoque a lo realizado por Jaime Saenz y al rescate del lenguaje. "Tiene cualidades muy interesantes y no es porque haya vivido en carne propia todo aquello que cuenta, sino que tiene una gran capacidad de narrar con un lenguaje muy propio que logró captar todo un bagaje para expresar esa realidad. Aparte de ser un gran narrador, también tiene buena memoria: logró retener toda la experiencia que vivió. Y posee una buena chispa y gran viveza para captar todas esas vivencias. Logró realmente expresar de una manera original todo ese mundo…" (Adolfo Cárdenas Franco). Michel Zelada Cabrera de Los Tiempos dice ...Con su habitual buen humor, en su última visita a Cochabamba (vino por unos días y se quedó dos meses) con motivo de difundir su nuevo libro: “Avisos necrológicos”, Viscarra reclamaba que Los Tiempos solo le había dedicado una página, y los otros medios le dieron hasta dos llanas. “No te preocupes Víctor Hugo, cuando escriba tu homenaje póstumo te dedicaré el suplemento entero”, le respondía también en son de broma. Que lamentable y doloroso es, ahora, tener que honrar esa promesa. Es cierto que llamaba fuertemente la atención la forma de vida que llevaba Viscarra, desapegado de su propia existencia, irónico y mordaz al extremo cuando se apropiaba de la palabra, además de bebedor insaciable. Sin embargo, es en sus libros donde uno encuentra y conoce la verdadera dimensión de la personalidad y la capacidad del escritor paceño. Su descarnada prosa, sus descripciones aterradoramente realistas hasta el escalofrío, sus personajes que habitan “el otro lado de la frontera” (alcohólicos, prostitutas, cargadores, niños de la calle, e incluso perros marginales), causan una conmoción sin precedentes en quien lee sus escritos. Un fragmento de Recuerdo perdido en el deseo dice:
Como adivinando su pronta partida, el destinó mimó a Víctor Hugo Viscarra en 2005: entrevistas por doquier, aperturas en suplementos literarios, homenajes, reportajes en la prensa internacional (lo bautizaron como el “Bukowski boliviano”). Sin embargo, gran parte de todo lo escrito sobre Viscarra se concentra demasiado en su vida, en lo anecdótico de sus vivencias, en su condición alcohólica o en su estatuto de “escritor de lo marginal”. Pero poco se ha dicho de su literatura. Virginia Ayllón es una de las pocas escritoras que, en forma rigurosa y metódica, hace un análisis de la producción literaria de Viscarra. Entre otras cosas la académica dice “a la obra de Viscarra le corresponde —y le falta— una mirada literaria, despejando de una vez por todas esa mirada antropológica que en realidad es una actitud antropófaga. Hay que abandonar la mirada a la vida de este escritor y dejarse asombrar a través de la lectura literaria de su obra, dejar de perseguir el aura dejada por el escritor e ir tras su escritura…”. Por fortuna la obra de Viscarra tiene un gran ejército de lectores, al margen de periodistas y críticos, que no permiten que los ejemplares se queden por mucho tiempo en las vitrinas de las librerías. La edición de Borracho estaba, pero me acuerdo está prácticamente desaparecida y quedan unos pocos ejemplares de la segunda edición de Coba y Relatos de Víctor Hugo. En noviembre de 2005, ignorando que las Parcas lo esperarían para llevárselo en mayo de 2006, Viscarra escribió en la dedicatoria de Avisos Necrológicos “…con la amistad de siempre, este libro que no es el último”. Y es que el escritor no descansaba en su afán de recopilar material para futuros relatos. Armado de un lapicero y un cuaderno escolar, permanentemente anotaba detalles de sus vivencias diarias que luego se convertirían en materia prima para futuros relatos. Más de una vez confesó que tenía material suficiente para publicar otro libro. Más de una vez confesó también que perdió sus manuscritos o que le fueron robados en el “telo” que frecuentaba. Víctor Hugo Viscarra será recordado sonriente, ebrio o sobrio pero siempre sonriente. Caminando por las calles de La Paz o Cochabamba, buscando a esos extraños personajes que se convertirán luego en protagonistas de sus relatos. Con su cuaderno de apuntes, con la fotocopia del último reportaje que le sacaron en la prensa. Con sus enfermedades, con sus lentes desaparecidos, con sus quejas, sus tristezas y… sus lágrimas. Víctor Hugo había escrito que no llegaría a los 50. Murió a los cuarenta y tantos. El cuerpo le dijo basta hace unos días. Su valiosa literatura nos queda, para ser estudiada. |
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Victor Hugo Viscarra Caligula
2000
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"Victor Hugo Viscarra Rodriguez. Escritor cuentista boliviano"
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