Momento previo a la paranoia
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Tras la tormenta, ha llegado a brillar nuevamente en el cielo un escuálido sol que recuerda que aún estamos en primavera. La ciudad ha quedado regada por los despojos de la tormenta y no brillan ya los astros en el infinito. (Claro, cómo van a brillar si aún es de día).
Me imagino que eyaculo cada vez que aflora en mí el sadismo; siento una humedad melosa en mi ropa interior, y hasta se podría decir que gozo internamente al ver el dolor ajeno. Pienso que si acaso no estaré despertando en mi ser lo llamados instintos sádicos. Y eso me asusta. (Aunque esto de asustarme parezca más irreal que la castidad de Blanca Nieves viviendo entre los siete enanos onanistas y depravados).
Anoche soñé con que la muerte se negaba a venir a buscarme. Ella, como toda persona que pertenece al sexo femenino, se hizo la que no le importaba mi paso por este planeta llamado Tierra. Y en ese mismo sueño, soñé que empecé a flagelar a la muerte y ella se retorcía sumida en un éxtasis mezcla de dolor y placer.
No sé si estoy cuerdo o demente. Tal vez ambas cosas fundidas en una sola. Tampoco sé si lo que siento es placer, o tan sólo la necesidad de escribir algo que refleje lo que en estos momentos estoy sintiendo, y que si no los escribo, un sentimiento de locura invadirá mi cerebro. Y yo tendré miedo de haber nacido, a sabiendas de que nací estando muerto.